James Dean aficionado a la velocidad

abr 132011

Hay quienes sostienen que, de no haber muerto, la trayectoria de James Dean no se hubiera prolongado mucho más.
Conociendo la afición de Dean por la alta velocidad, la Warner Brothers le hizo firmar una cláusula que establecía la prohibición de participar en competencias deportivas durante el tiempo que se encontrara rodando alguna película. Apenas culminó su parte en el rodaje de Gigante, se subió al pequeño bastardo, tal como llamaba a su Porsche plateado.

Carretera perdida.
Tal vez la muerte lo salvó de algo peor que la muerte. Lo salvó de la vejez, algo que para una persona de sus características posiblemente hubiera sido difícil de soportar. Dean era un joven arrogante que se creía con autoridad para sugerir importantes cambios en el guión y a menudo tenía actitudes infantiles y poco profesionales en el set, faltando a los ensayos, ofendiéndose o fumando marihuana en el plato. Sentía una irrefrenable necesidad de llamar la atención, lo que lo llevaba a provocar actos francamente estúpidos como escupir en los retratos de Bogart, Cagney y Muni que engalanaban la recepción de los Estudios Warner.
Dean era retraído, de ánimo fluctuante, sus picaz, y podía ser dulce y pasar a ser grosero y poco solidario en cuestión de segundos. “De vez en cuando podía ser encantador; la mayoría de las veces era un necio insoportable”, relata Anger. Era, para hacerla más fácil, el clásico maníaco-depresivo, lo que hoy se conoce como un tipo con trastorno bipolar. Hay quienes sostienen que, de no haber muerto, la trayectoria de James Dean no se hubiera prolongado mucho más. Su carácter bipolar, su pésima relación con las drogas y la necesidad de moverse de forma clandestina debido a sus apetencias sexuales lo habían llevado hacia zonas sombrías, en una carretera hacia la autodestrucción.

Nominaciones póstumas:
James Dean solo vivió para ver el estreno de Al este del paraíso, por la que recibió una nominación postuma a mejor actor en 1956. Al año siguiente obtuvo la misma candidatura por su papel en Gigante.

El pequeño bastardo.
Un tiempo antes, el actor había logrado zafar del Ejército declarándose homosexual. Cuando Edda Hopper le preguntó cómo evitó servir en la guerra de Corea, Dean fue clarísimo: “Le di un beso al médico”. La víspera del accidente había asistido a una fiesta gay en Malibú. La noche terminó mal, a los gritos con un ex amante que le criticaba el hecho de que salía con mujeres para satisfacer a la prensa. Ese Porsche plateado que se compró mientras estaba rodando Gigante es uno de los autos más famosos del mundo. El pequeño bastardo. Así lo llamó. El 30 de setiembre de 1955, al día siguiente de la fiesta de la que se fue en medio de un escándalo, Dean manejaba a unos 150 kilómetros por hora por la autopista 41 rumbo a una carrera de autos que se desarrollaba en Salinas. En un cruce chocó contra un Ford Custom Tudor que venía velozmente desde la izquierda. Las fotografías del Porsche plateado son impactantes. James Dean ya estaba muerto cuando fue ingresado al hospital de la localidad de Paso Robles.

El Cenicero Humano.
Sobre JD se ha dicho y escrito de todo. Quienes lo conocieron de cerca concuerdan en que tenía una cierta obsesión con la muerte. Que cuando se hizo aficionado a la fotografía realizó trabajos un tanto perturbadores, bastante relacionados con la idea de la muerte y el dolor. En especial con el dolor. En su legendario Hollywood Babilonia (lectura indispensable para todo aquel que quiera conocer la otra cara de la fábrica de sueños -está en dos tomos, editado por Tusquets-), Kenneth Anger recopila algunas intimidades. “Durante el rodaje de Rebelde sin causa. James Dean fue el anfitrión de una próspera colonia de ladillas”, cuenta. “Natalie Wood, Sal Mineo y Nick Adams habían observado que su ensimismado compañero de trabajo aprovechaba las pausas para rascarse; pensaron que en realidad imitaba la manera de restregarse de su desaliñado ídolo, Marión Brando. El director Nicholas Rey, perplejo ante la poca familiaridad de su estrella con tales modales, lo arrastró hasta una farmacia de Burbanley y le hizo tomar un frasco de un corrosivo ladillicida”.
Pero Anger va más allá y confirma el gusto de JD por el cuero y el duro con hombres anónimos. “Se había metido en el mundo de los azotes, las botas, las correas y las escenas de humillación. Los habituales del club [sadomasoquista] le habían colgado un apodo singular: Cenicero Humano. Cuando estaba “colocado”, era capaz de desnudarse el pecho y rogar a sus amos que lo
pisotearan con sus botas”. Por más datos, el perito que examinó su cadáver tras el fatal accidente señaló que JD tenía en su pecho “una constelación de cicatrices”.

“Al principio, el dolor del público fue moderado”, dice Keneth Anger en el capítulo de Hollywood Babilonia dedicado a Dean. “Pero de pronto, sin que el estudio moviera un dedo, empezó acrecer la leyenda. No habían pasado muchos meses desde su muerte cuando el culto alcanzó extraordinarias proporciones. El estreno de Rebelde sin causa desató la mayor ola de veneración postuma de la historia de Hollywood; mayor aun que la de Valentino. Hubo admiradores que se suicidaron. Aunque la carrera de Dean no fue sino un cometa fugaz, la mayoría de sus fans se negaban a aceptar su muerte. Cada día llegaban al estudio miles de cartas, casi todas ellas de adolescentes”.

Vida rápida.
Nació el 8 de febrero de 1931 en Marión, estado de Indiana. Se crió en la granja de sus tíos, estudió teatro y participó como modelo en algunos anuncios publicitarios. Su nombre completo: James Byron Dean. En el cine, lo descubrió Elia Kazan, director de Nido de ratas, que lo llamó para actuar en Al este del paraíso (en DVD se consigue como Al este del Edén), su primer protagó-nico después de haber pasado por breves papeles en producciones menores (Harvest) y series para televisión (Un conflicto en cada esquina), algunas veces sin acreditar. En 16 meses filmó tres películas. Solo llegó a ver una de ellas, Al este del Edén. Fue dos veces nominado al Osear. Las dos, postumamente. No llegó a cumplir 25 años: se mató en un siniestro automovilístico cuando iba rumbo a una carrera de autos.

Su lápida dice simplemente, James Dean 1931-1955. ¿Hace falta decir algo más? Parece que sí. Cada año surgen homenajes, recuerdos,  secretos, biografías, testimonios que abordan el mito, destacando el lado humano, las zonas oscuras, los defectos, las virtudes, o directamente encumbrando aun más la leyenda, que dio un paseo corto por la vida y se convirtió en símbolo de la rebeldía eterna.
Dean era retraído, de ánimo fluctuante suspicaz, y podía ser dulce y pasar a ser grosero y poco solidario en cuestion de segundos.

JAMES DEAN.
80 años del eterno rebelde.
Tuvo un paso fugaz por el cine, filmando solo tres películas y obteniendo dos nominaciones al Osear. Icono pop surgido en la década de los 50, símbolo de rebeldía e inconformismo juvenil, habría cumplido 80 años

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