En Biutiful no hay grandes acontecimientos. Solo la individualización de la dura cotidianidad de uno de los cientos de millones de seres humanos que viven todos los días con esa sombra y esa luz. Al fin y al cabo, cuando una película no es un documento, es un sueño. Y el soñador siempre está’ solo, de la misma forma que el pintor está solo ante el lienzo blanco. Estar solo es hacerse preguntas (ya lo dijo Godard)… y hacer películas es contestarlas…
Al visitar en 2007 Barcelona, el personaje de Uxbal me dijo que pertenecía a ese mundo. Para mí, la individualización de una sola de estas realidades valía la pena el viaje. Para lo que nosotros es una realidad extrema y al límite, para ellos es solo la naturaleza de su existencia y la ordinariedad de su día a día. Muchos de los personajes no son actores y de hecho han tenido una vida semejante o paralela al mundo de la película, pero ¿cómo nació todo esto? Mis películas siempre nacen a partir de algo muy vago, retazos de una conversación, la visión fugaz de una escena por la ventanilla del coche, un rayo de luz o notas musicales. Biutiful empezó una fría mañana de otoño de 2006 mientras preparaba el desayuno con mis hijos y puse un CD del Concierto en sol mayor para piano de Ravel. Unos meses antes, había puesto el mismo concierto mientras íbamos en coche desde Los Ángeles al Festival de Cine de Telluride. Las vistas en la zona de los Four Corners eran espléndidas, pero cuando acabó la pieza de Ravel, los dos niños se echaron a llorar a la vez. La melancolía, la sensación de tristeza y belleza que desprende la composición los conmovió. No pudieron resistir ni explicarlo; solo lo sintieron. Cuando volvieron a oír las notas del concierto aquella mañana, los dos me pidieron que lo quitara. Se acordaban claramente del impacto emocional que les había producido la música. Esa misma mañana, un personaje llamó a la puerta de mi cabeza y me dijo: “Hola, me llamo Uxbal”. Iba a vivir con él durante los tres años siguientes. No sabía lo que quería, quién era ni a dónde iba; era escéptico y lleno de contradicciones. Pero seré honrado y reconoceré que sabía cómo presentarle y cómo acabar con él… Sí, solo tenía el principio y el final…
Biutiful es para mí una reflexión acerca de nuestra breve y humilde permanencia en esta vida. Nuestra existencia, tan rápida como el parpadeo de una estrella, solo nos revela su inefable brevedad al sabernos cerca de la muerte. A últimas fechas he pensado en mi propia muerte. ¿A dónde vamos? ¿En qué nos convertimos cuando nos morimos? En la memoria de los otros. Esta es la angustiante y vertiginosa carrera contra el tiempo que Uxbal enfrenta. Qué hace un hombre con sus últimos días de vida, ¿se dedica a vivir o a morir? Sí, tenía razón Kurosawa cuando decía que nuestros sueños de trascendencia eran eso, una ilusión. Sin embargo, desde un principio yo no estaba interesado en hacer una película sobre la muerte, sino una reflexión sobre la vida y dentro de la vida mientras inevitablemente la perdemos. La sociedad moderna padece, entre muchas otras cosas, de una profunda crisis de tanatofobia. Por eso mismo, sabía que la contradicción formal y temática de intentar un poema sórdido acerca de un hombre iluminándose mientras cae en el oscuro pozo de la muerte sería un reto. Digo contradictorio porque mientras la espiral interna de Uxbal necesitaba ir hacia el interior y lo espiritual, la urgencia de esta nueva realidad social y política de Europa estiraban su espiral externa hacia el lado contrario. Los noticieros nos reportan a diario estadísticas de cientos de miles de personas muertas y explotadas dentro de estos panales humanos que se han formado en los suburbios de todas las ciudades europeas. La vertiginosidad y vacuidad de estas noticias nos tiene sedados y sin la capacidad de metabolizar la dura realidad de los pobres, los inmigrantes, los siempre invisibles.
Poder hacer una sinopsis de las películas de González Irráñitu puede resultar, afortunadamente, un trabajo sumamente forzoso. Las características de su cine han marcado (¿hasta ahora?) el manejo de elementos que, si bien no novedosos en el cine contemporáneo, sí al menos poco trabajados de forma tan precisa y cuidada. Así fue con /Amores perros, pero también con 21 gramos o Babel: muchas historias paralelas que hacia el final de sus rectas encuentran siempre el punto de anclaje común, o se rozan, o se miran de lejos. Más allá de los resultados (debo admitir que únicamente siento un verdadero reconocimiento con /Amores perros; ni 21 gramos ni menos Babel me parecen grandes películas), es claro que hay una calidad mínima establecida en cada una de sus películas. Probablemente, el abuso del recurso de los cortes diegéticos hayan repercutido en las estrategias de sorpresa de sus últimos filmes, probablemente eso haya cansado al director (algo puede desprenderse de su diario de filmación de Biutiful), y probablemente, llegada ya su cuarta película, vea que es la hora de proponer un cambio hacia historias que no tengan ya su centro de apoyo en los aspectos formales, sino que volviendo a las técnicas clásicas de la narración puedan servirle de soporte para contar nuevas historias. Esto es lo que parece suceder con Biutiful: ya no hay muchos personajes, ni historias, ni lugares. Ahora es solo Uxbal (Javier Bardem) en una oscura Barcelona, y una cámara que lo sigue en lo que podría llegar a ser una etapa oscura y decisiva de su vida. De todas formas existen semejanzas con sus producciones anteriores, sobre todo si miramos aspectos que podrían encasillarse en los conceptos de “clima” y “tono”. Por “clima”, podemos decir que las historias que suele narrar González Iñárritu son perfiladas hacia las vivencias personales, pequeñas historias mínimas (claro, enmarcadas en complejos contextos, claramente como ocurre en Babel), y nada de eso parece cambiar con su nueva película Biutiful. Pero por otro lado, también el “tono” de las películas del mexicano mantienen su hilo: fotografía más bien oscura, silencios y música en lugar de las palabras, espacios poéticos entre la palabra y la imagen: todo esto se recorre (en mayor o menor medida) desde Amores Perros hasta Babel, y si bien cambia, como dijimos, el mecanismo narrativo, el “tono” parece mantenerse.
Belleza mexicana.
Biutiful: la nueva película del mexicano Alejandro González Iñárritu.
Tres éxitos de amplio reconocimiento carga en la mochila este director mexicano que a través de su ópera prima, la impactante Amores perros, ha sabido posicionar su cine en la palestra mundial a base de una inteligencia narrativa poco tradicional, y del sumo cuidado estético de sus tomas. Hoy presenta Biutiful, un trabajo diferente respecto de su concepción cinematográfica más representativa.
El español de rostro rústico, devenido galán, es quien parece embanderarse con esta película, quitando del protagónico al autor.

























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