
“¿A dónde, a dónde, a dónde estará, mi héroe adorado, mi gran Supercan?”, canturreaba la perrita de la serie de dibujos animados cuando necesitaba con urgencia la presencia del salvador canino. Qué pesada, pensaba yo, no deja que Supercan haga su trabajo tranquilo. Pero en realidad la perrita estaba haciendo su trabajo: ser el motor-amor de la vida “real” del superhéroe, ponerle nombre a sus salvatajes anónimos y mejorar su velocidad y su estado de alerta general. Es que “el amor mueve montañas” y los superhéroes se toman el refrán a pecho, literalmente. Así, siempre eligen para sufrir por amor a mujercitas con tendencia a caer desde grandes alturas, a estar en el epicentro de las catástrofes naturales y de los accidentes aéreos, a meter la nariz en asuntos peligrosos, en fin, a poner en riesgo su vida con periodicidad y alevosía. ¿Qué más quiere una mujer que ser rescatada de la caída libre, que a veces es la simple existencia, por un hombre fuerte, que la tome con firmeza de la cintura y la deposite suavemente en suelo seguro? Es que “el amor es ciego, embriaga y atonta”, y las mujercitas de los superhéroes experimentan esta idea a pecho, literalmente. Así, viven el vértigo del enamoramiento y entregan su corazón al puño del poderoso hombre de sus sueños. En Superman, la película “original”, Luisa Lañe le dice al hombre de acero: “¿Sabes cómo me haces sentir? Como una niña pequeña. Vos podes ver a través de mí”.
Ellas son las que no pueden ver a través de ellos, al menos al principio de sus historias: la relación que tienen con el álter ego del superhéroe es, en el mejor de los casos, conflictiva, y en el más anodino, de amistad. Tal vez colabore el hecho de que los superhéroes eligen esconder su verdadera identidad tras hombrecitos simples, torpes, aburridos, superficiales, cortos de vista, temerosos, poco atractivos, playboys o mujeriegos. Y dije su “verdadera identidad” porque, en mi opinión, la identidad “secreta” es la que constituye la esencia verdadera de estos hombres, es la que dejan al desnudo cuando se ponen esa suerte de segunda piel que eligen para enfrentar la maldad del mundo.
La dualidad del amor, que es tanto lastre como propulsor, se estampa en cada historia romántica de cómic. Por un lado, un superhéroe enamorado se vuelve frágil, la damita que le quita el sueño es la kríptonita en su bota, y muchas veces le hace cuestionar su “trabajo” y lo tienta con la promesa de felicidad de una vida normal y rutinaria. Por otro lado, lo conecta con sus sentimientos y lo apasiona, lo hace querer transformar el mundo solo para ella y realizar las mejores hazañas, lo hace ser el súper superhombre. En la película animada Megamente esta cualidad transformadora del amor se ve claramente: el maligno y resentido Megamente se pone a hacer buenas acciones (limpia la ciudad, arma un museo) impulsado por su estado de alegre enamoramiento y su deseo de conquistar a Roxanne Ritchie, la optimista periodista de moral intachable. Enamorarse de superhéroes no parece una idea brillante. Los personajes femeninos que lo hacen tienen poco sexo, mucha espera, bastante soledad, demasiado sufrimiento… en realidad, no difiere mucho de lo que vive una mujer real en una mala relación. Además, en contrapartida, las elegidas como interés romántico de los protagonistas de cómics se dan el lujo de darse besos únicos con hombres únicos, de dejarse llevar por los aires del amor, de sentirse especiales, alentadas y protegidas,… en realidad, no difiere mucho de lo que vive una mujer real en una buena relación. Salvo por los efectos especiales.
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